De la pluma de Mario Conde, y a mucha honra

¿Qué fregados es esto?

'Pokémonear': verb. 1) acción y efecto de hacer algo relacionado con o relativo a Pokémon; 2) acción y efecto de cumplir una adicción a "Pokémon" como si de un psicotrópico se tratase; 3) perder el tiempo en actividades relacionadas a Pokémon.
Artículos de interés para el entrenador Pokémon novato y veterano. Chistes, reseñas, historia pokémon, datos curiosos, lo que se me ocurra.
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Don't speak spanish? No problemo!

miércoles, 8 de febrero de 2012

Proyecto P - Capítulo II

Capítulo II
El Gen



Víctor se despertó con el brillo común de cualquier sábado por la mañana. Miró las cortinas aclaradas por el sol mientras sus ojos se acostumbraban a estar abiertos. Bostezó y con la diestra entorpecida por el sueño buscó algo cerca de su cabeza. No estaba.

Aprovechó para estirarse mientras se giraba y luego buscó entre la cabecera y el colchón, donde el peluche de charmander tenía la costumbre de meterse durante el sueño de Víctor.

—¿Mala noche? —le preguntó al muñeco anaranjado, lo apoyó sobre su pecho y lo miró un rato. Se preguntaba, como muchas otras mañanas, si no sería hora de meterlo en el clóset, junto con otros recuerdos de su infancia, o en una repisa, donde lo haría pasar por un artículo de colección. Ni pensar en las veces que en su casa insistían que lo regalara.

Ese peluche era parte de un placer culposo. Y es que Víctor ya no era ningún niño, como tanto le recordaban sus amigos, pero tampoco le parecía coherente que un gusto que persistía por años le restara madurez. Tenía un trabajo (freelance redactando artículos para diversos periódicos y revistas), novia, sobrinos; en fin, responsabilidades.

Pero no podía evitar que los comentarios influyeran un poco en su ánimo. A veces él mismo se sentía demasiado infantil. Sobre todo después de noches como ésa, en que soñaba que gritaba órdenes de ataque a un pokémon que no podía ver, pero sabía que estaba ahí, real.

Se levantó de golpe y prendió su lap top. Ya más despierto, había recordado que esperaba ése sábado con ansia desde la semana anterior.

Diez treinta. Se había levantado temprano. Iniciar sesión. Google Chrome. Facebook. Chat. El “Rubio” estaba conectado.

—Buenos días. ¿Sí se va a armar hoy? —le preguntó.

—Depende de ti. Si te preparaste, sí —contestó el Rubio tras unos segundos.

—Pasé toda la semana completando el equipo.

—Cámara. Entonces te veo a las siete en Metrobús Colima. Voy de salida. Nos vemos.

Aunque entre sus amigos no era el mejor o el más antiguo, el Rubio había simpatizado con él desde la primera vez que hablaron, seis meses atrás, mientras esperaban su cheque en las oficinas de redacción de una revista. El Rubio escribía reseñas de libros y Víctor artículos sobre partidos políticos. No fue difícil que congeniaran, apenas se sentó, el Rubio sacó del pantalón una consola Game Boy Advance SP color cereza y jugó con el volumen alto. Víctor reconoció de inmediato la música de batalla.

Como coincidían pocas veces, el grueso de sus pláticas eran por Chat. Ahí el Rubio le había contado que los sábados los pasaba entre retas de entrenadores de la vieja escuela, mirando peleas entre versiones que no conocían la conexión a Internet.

—Prepara un equipo de primera a tercera generación y te llevo —le había dicho el Rubio después de que Víctor le insistió que quería saber dónde jugaba. Así que desempolvó su versión dorada y puso a cargar sus consolas.

El tostar del huevo y la salchicha en el sartén le avisaron que el desayuno estaba siendo preparado. Se cambió y salió con hambre del cuarto, no sin antes acomodar al charmander sobre la almohada.



De camisa azul marino y pantalón de mezclilla, a las siete en punto Víctor miraba el tránsito sobre Insurgentes. Repasaba todos los negocios a su alrededor y trataba de adivinar a dónde lo llevaría el Rubio. No vio algo similar a una plaza de la computación o un local de videojuegos y cartas de estrategia. “Ha de estar más escondido” pensó y un pequeño escalofrío le cruzó en la boca del estómago, pero lo reprimió de inmediato.

Del mismo modo, contuvo en impulso de tomar el Game Boy Advance que pidió prestado a su sobrino y revisar su equipo. ¿Qué pensarían de él los transeúntes? Recordó el sueño en el daba órdenes a un haxorus invisible y una voz dentro de él le insistió “ya madura”.

—¿Ya estás listo? —el Rubio lo sacó de sus cavilaciones. La camisa color vino, el chaleco rojo oscuro y el pantalón negro eran bastante llamativos como para distraer la atención del SP que en esos momentos cerraba—. Perdón la tardanza.

—No hay pedo —Víctor lo saludó—. ¿Qué, a dónde vamos?

El Rubio era serio por naturaleza, pero el silencio que guardó después de la pregunta de Víctor hacía pensar que no estaba muy seguro de lo que iban a hacer.

—Ven —dijo finalmente palmeándole el brazo—. Mira, tal vez haya algún problema, pero nada serio, tú no te alteres, ¿va?

—Ah. Yo no sabía…

—No, osea, nada malo. Es que ahí son medio especiales. Cualquier cosa que te digan tú no les respondas y diles que vienes conmigo, ¿va?

—Cámara.

Y Víctor rió por dentro. Mucho tiempo tenía jugando como para imaginarse la clase de personas que habría en el lugar, todos vestidos como caricaturas japonesas, con nombres que no eran los suyos y poniendo reglas absurdas para sentir que por unos momentos estaban arriba de alguien, aunque en su vida real no eran nadie. Eran esa clase de cosas las que hacían pensar a Víctor que tal vez sí era un inmaduro. ¿Y si él era como ellos?

Pero no era nada de lo que esperaba.

El Rubio caminó con el un par de calles sobre la Avenida, luego doblaron en una esquina y no muy dentro de la calle, se detuvieron frente a un Bar de esos que mezclan el ambiente de cantina clásica y el lounge. Un letrero de neón morado nombraba al lugar “El Gen” e iluminaba una hilera de motocicletas estacionadas frente a la entrada, que eran un par de escalones en descenso. “El Gen” estaba hundido en el nivel de la calle, y detrás de las letras dos medios círculos rojos, también de neón, hicieron a Víctor pensar en un par de ojos.

El Rubio bostezó.

—Necesito beber —dijo entre parpadeos.

—¿No dormiste? —le preguntó Víctor. De nuevo recordó su sueño.

—Noche larga, nada que un whisky no me calme. ¿Tú tomas algo?

—Va, una chela —dijo Víctor y los dos entraron.

“El Gen”, como podía esperarse, estaba a medio llenar, pero la noche de sábado era joven. Pequeño, de mesas compactas y sillas de estructura tubular, se iluminaba con lámparas que colgaban del techo y velas individuales que sostenían la carta. La música baja ambientaba el aire de intimidad, donde igual se podría tener una cita que una reunión de amigos. Víctor buscó una mesa donde los clientes tuvieran el tipo de jugador, pero no había ni una consola o carta sobre las mesas.

Se acercaron a la barra.

—Déjame pedir —le dijo el Rubio.

—Si quieres acá nos quedamos —dijo Víctor amable, pero resignado por dentro—, si no querías ir para allá, no hay pedo.

El Rubio le sonrió.

—Ahorita vas a ver.

—Qué pedo, Rub —el barman se paró malencarado del otro lado de la barra.

—Etiqueta roja con gas y una León.

El barman miró a Víctor con el ceño fruncido y habló en voz baja con el Rubio. Víctor se empezó a incomodar. Después de dos o tres preguntas, el barman se dirigió a él.

—¿Cómo te llamas?

—Eh, Víctor.

—No —el barman era muy impaciente—, ¿así te llamas?

—Legolas —intervino el Rubio—. Es Legolas.

—O Lego —dijo Víctor. Tal vez debía registrar su nombre de entrenador.

—Es tu responsabilidad, Rub —sentenció el barman—. Ahorita les mando su orden.

El Rubio agradeció y guió a Víctor hasta el fondo del lugar, donde cruzaron la puerta de “Sólo personal autorizado”.

Entraron a un pasillo pequeño, que a la izquierda daba a una bodega con artículos de limpieza, y más al fondo, a otra puerta de aluminio que tenía grabado en la misma tipografía del nombre del bar “Gar” y el bajorrelieve de una amplia sonrisa. Ahí sólo llegaba el rumor sordo de la música de fuera y las risas de la gente, todo mezclado y distante.

—Para cualquier cosa, te llamas Legolas o Lego, ¿va? Sígueles la corriente. Ya sé que muchas cosas pueden verse exageradas, pero estos se lo toman muy en serio. Más bien, es muy serio, entonces no vayas a sacarte de pedo, ni les armes bronca y otra vez, cualquier cosa, vienes conmigo.

—Cálmate —le dijo Víctor riendo—, he ido a un montón de convenciones. Sí sé lo intensitos que son los freaks.

—No. Todavía no sabes —le dijo el Rubio y fue a abrir la puerta de aluminio.

Les llegó el rumor de una guitarra tocando en vivo, el Rubio le hizo una seña y cuando entraron una batería acompañaba la melodía parsimoniosa y cadente que hacía recordar una película de espías.

En verdad, Víctor no se lo había imaginado.

En una sala más amplia que la principal, los focos colgantes estaban cubiertos con pantallas en forma de voltorb y las paredes estaban cubiertas de afiches de todas las versiones del juego; del lado izquierdo, una tarima sostenía al guitarrista de mezclilla satinada en plata que tocaba la guitarra en notas melancólicas y dolidas sin abrir los ojos, una baterista de ropa similar le hacía segunda, ambos con el cabello largo y oscurecido con un solo mechón argénteo. Detrás de ellos, una pintura al óleo representaba la última cena, pero Cristo y los apóstoles habían sido remplazados por Arceus y un manojo de pokémon legendarios.

No había mesa desocupada. Decenas de personas se amontonaban alrededor de diferentes mesas entre gritos y maldiciones que llenaban el lugar envuelto en una cortina de humo de cigarro. Los meseros recordaron a Víctor el uniforme del trío elemental del gimnasio de Striaton City y repartían bebidas y botanas entre los grupos  atentos a duelos de cartas de estrategia, otros más jugaban con sus consolas DS en minijuegos inalámbricos y otros más conectaban sus Game Boy Advance con cables cada vez más extraños de ver.

Las mesas de las orillas tenían la vista más privilegiada, consolas de cubo y 64 conectadas a pantallas planas que semejaban la única vista que parecía de ventana en ese lugar que sólo tenía ventilas para que los comensales no se ahogaran entre su propio tabaco.

Los freaks enfermizos e inmaduros no tenían lugar ahí. En su lugar había jugadores que apostaban desde una cubeta hasta dos billetes en un duelo. Los que sólo veían armaban su quiniela y celebraban los triunfos de sus campeones, o maldecían sus derrotas.

—Como verás, está lleno —le dijo el Rubio subiendo la voz por la música—, por eso no podemos invitar a cualquiera.

—¡Rubí! —gritaron desde una mesa al fondo, una mujer bajita con el cabello pintado de azul lo saludaba con emoción, y al lado de ella, un tipo gordo, calvo y barbón levantaba una carta—. ¡Me debes la revancha! ¿Qué traes?

—Fuego y metal, como siempre —dijo el Rubio sacando una baraja de su chaleco.

—¡Pues muévelas, porque ya vas perdiendo! —dijo el gordo y todos en la mesa rieron. Un mesero llegó con las bebidas de Víctor y el Rubio.

—Voy a atender este asunto —le dijo el Rubio—, si quieres date una vuelta, a ver si armas reta. Sirve que ya tenemos lugar.

Rubio fue a reunirse con el grupo y Víctor, o más bien, Lego, paseó su cerveza frente a las pantallas donde retadores de primera a tercera generación peleaban en tres contra tres. Hacía años que Lego no veía batallas como esas, el tiempo y los gastos que conlleva crecer le hicieron vender sus primeras versiones y había dedicado tiempo a la quinta generación, y la nostalgia lo hizo sentirse realmente a gusto entre otros que compartían sus manías, no sólo jóvenes, sino de su misma edad e incluso, alguno que otro mayor.

El grupo más cercano rompió en gritos de admiración. Dos jugadores enfrentaban sus versiones de tercera generación.

—Oficialmente, mi estimado compañero, podrá usted chingar a su madre —dijo el más joven de los dos entre las risas de todos, y a su oponente no le hacía la más mínima gracia.

El shiftry del equipo ganador se mantenía completo frente a un alakazam sin esperanzas. Aún alargó la derrota algunos turnos más entre Calm mind y Double team y la paciencia del entrenador del alakazam se ponía en juego.

—¡Órale, ya, cabrón, toma tu dinero y ya! —gritó el otro entrenador.

—Oh, chinga, ‘tamos chupando tranquilos, ¿no? —y el shiftry remató con Shadow Ball—. ¡Tómala, putón! ¿Quién dijo que no? ¿Quién dijo que no?

Y el entrenador se levantó bailando mientras cobraba el dinero de los perdedores. A Lego le causó gracia y simpatía.

—¿Tú qué, juegas? —le preguntó el otro guardándose el dinero.

—No traigo de tercera —dijo Lego, un poco tímido.

—No hay pedo, hay pa’ todos, hay pa’ todos —dijo y los de alrededor rieron y pidieron otra cubeta al mesero—. ¿Qué traes, cuarta, quinta?

—Sí. Y segunda.

—Ah, no mames, ¿a ver? —el entrenador se acercó a él y miró con alegría la versión dorada de Lego—. A huevo. La mía se la di a mi carnal, pero creo que ya ni la usa, ¿qué días vienes?

—No sé. A lo mejor el otro sábado.

—¿No sabes? Ah, cabrón, pues si eres nuevo, ¿verdad? ¡Hey! —le gritó al mesero—. ¡Una chela de novato!

Los que iban con él rieron.

—No gracias, no tomo mucho —dijo Lego un tanto cohibido.

—Es en buen plan —le dijo el otro—. Sirve que te integras, mira, yo soy Chimalltlin.

—Qué tal, Lego.

—¿Lego? ¿Como los cubos?

—No, de Legolas —dijo, hace años no oía ese mal chiste.

—Ah, ya. Pues dime Chima, porque la mayoría de estos ignaros no saben cómo decirlo completo.

—Oye —gritó otra voz cuando la música se detuvo, todos en el lugar voltearon a la baterista de la banda­—, ¿tú eres nuevo?

Lego no supo contestar de inmediato, el silencio repentino le hizo sentirse culpable y se volvió hacia la mesa del Rubio. Éste se levantó con calma.

—Viene conmigo, Alma.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó la chica.

—Víc… Lego. Eh, Legolas.

Ella se volteó hacia el guitarrista, que se había sentado en la tarima, puliendo su guitarra.

—¿Traes de segunda?

—Alma, pedí permiso —dijo el Rubio.

—No hay problema, Rubí —dijo la chica, aunque su seriedad y tono apático parecían indicar lo contrario—. ¿Qué versión traes?

Lego miró al Rubio y éste asintió.

—Dorada —dijo Lego.

La chica sonrió con la comisura del labio y miró a su compañero. El guitarrista, un tipo pálido y con los ojos pintados de negro movió el piercing de su labio en un gesto de confianza.

—Bueno. El nuevo se va a estrenar —dijo la chica y todos empezaron a aplaudir—. Vas contra Plata.

Y los aplausos se volvieron gestos de burla y tensión. Los que jugaban cartas se apresuraron a recoger sus barajas para evitar pérdidas, otros más dieron por interrumpidos los duelos. Lego se puso nervioso, era obvio que todos conocían al tal Plata.

—Yo soy segundo de Plata —dijo la chica—. ¿Quién es el tuyo?

—Yo, Alma —se levantó el Rubio.

—No, Rubí, tú no puedes. No me importa si es nuevo, reglas son reglas —dijo la chica sonriendo—. ¿Qué, nadie?

Lego no sabía qué contestar, no sabía ni lo que le estaban pidiendo, era nuevo y no conocía a nadie.

—Cámara, yo soy su segundo —dijo Chimalltlin a espaldas de Lego—. Yo le hago el paro.

Y las mesas se empezaron a mover mientras los meseros acomodaban un Nintendo 64 cerca de la tarima.

—¿Qué pasa? —preguntó Lego con sonrisa confusa hacia el Rubio.

—Sólo haz lo tuyo y cálmate —le gritó el Rubio al lado de la chica de cabello azul.

—Yo te guío, nuevo —le dijo Chimalltlin—. Tú sin pedos, si no le ganas no hay tos, no conozco a nadie que le haya ganado a alguien de la Liga en su primera vez.

—¿La Liga? —era demasiada información para Lego.

—No mames, eres bien virgen —le dijo Chimalltlin entre risas—. Al rato te cuento bien, ahorita a écharle ganas, ¿va? Rífate como el santo.

—Bueno —dijo Lego y un mesero le entregó un Transfer Pak en las manos.

—¿Cuánto varo traes? —le preguntó Chimalltlin.

—¿Dinero?

—Los de la Liga apuestan duro, cabrón.

domingo, 5 de febrero de 2012

NOTICIAS POKÉMONERAS - El Proyecto P

Saludos nuevamente, pokémoneros.

Después de mi breve desaparición, he vuelto con esta nueva sección del blog Noticias Pokémoneras. ¿Para qué es éste?
Obviamente no puedo competir contra la cantidad de información ya existente en la red sobre pokémon y las otras páginas oficiales. Además, soy demasiado huevón para enterarme antes que muchos cosas como "cuál será el próximo juego" y así.
(Ni siquiera pude ir a la TNT. Ya saben, uno debe trabajar y esas cosas.)

¿Qué noticias veremos aquí, entonces?
Las tuyas. ¿Hay algo que quieras informar? ¿Estás organizando un gran torneo y quieres difusión? ¿Abriste una nueva página de pokémon y quieres miembros? O simplemente quieres anunciar algún gran logro tuyo.
Entonces envía tu información a pokémoneando@gmail.com y aprovecha el poder de convocatoria que el blog ha ganado para anunciarte (ya estamos rayando en las ocho mil visitas, y el 8 de febrero cumpliremos apenas dos meses).

Nuestra primer noticia: El Proyecto P



El post de En busca de los Elegidos ha sido el más visto en la breve historia del blog (registra más de 1,000 visitas). De hecho, estoy pensando en borrarlo del registro, para que el apartado Élite four (donde se pueden leer los post más populares) lo despeje de su primer lugar.

¿Cómo quedaron las votaciones? Dos terceras partes de los concursantes ya quedaron atrás en la votación, y aquí les mostramos en exclusiva (como pocas que tendremos) los doce finalistas en orden de popularidad.

01.- Legolas – Víctor García

02.- Chimaltillin – Andrés Vázquez
 
03.- Petunco – Pedro Saldaña

04.- Beto – Roberto Barroso

05.- Joze Mh – José Miranda

06.- Billy Blue – Diego Álvarez

07.- Red – José González

08.- Anefracor – Ángel Córdova

09.- Xava – Xavier Castro

10.- Raúl – Raúl Rojas

11.- LWSH – Héctor Sánchez

12.- Blakdra – Guillermo González

Ellos ya fueron informados de lo próximo que deben hacer. Felicidades, muchachos.
Fuentes confiables indican que los primeros lugares aparecerán ya desde el próximo capítulo del Proyecto P. Se presume que de dos post semanales de pokémoneando, uno será un capítulo del Proyecto P, depende la popularidad que vaya ganando.
Pero ¿qué más nos depara el dichoso proyecto?
¿A cuántos de ustedes les interesaría un Torneo Oficial de Pokémoneando? ¿Y qué si ese torneo abarcara desde la primera generación? ¿O segunda y tercera?
¿Y si el premio no fueran sólo pokémon de regalo sino... consolas, versiones, peluches?
Claro, para esto, habría una cuota de inscripción, pero del dónde y cuándo me encargaría yo. ¿Les late o se abren como pistaches?

Manténganse en contacto para más noticias pokémoneras, o envíen las suyas.
Saludos.

-Conde

jueves, 2 de febrero de 2012

Proyecto P - Capítulo I

Capítulo I
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En quince cuadras perdió toda la fuerza de las piernas. Quince cuadras de respirar con dificultad, luchar con el miedo y los nervios; de meterse entre las calles y dar vueltas abruptas que le quemaban los pies.

No se creyó a salvo ni siquiera cuando dejó de ver los faros del coche, diez cuadras atrás; de un modo u otro lo encontrarían pero esperaba que no ocurriera esa misma noche. Tal vez podría esconderse, mantenerse en el anonimato hasta que se asentara el polvo y ya no les importara. Quince cuadras y se detuvo a respirar con un dolor en el costado cuando otro motor le crispó los nervios. No era del coche, era más ruidoso y salvaje.

Una ráfaga de luz le pasó de largo, pero no dudó un segundo que lo habían reconocido. Todos los detalles dorados en su ropa eran reflejantes. Con un aullido salvaje, la motocicleta embistió y él sólo atinó a meterse en otra de las calles, justo en el momento en que su perseguidor le daba alcance.

La Harley roja no dio la vuelta a tiempo y las llantas derraparon un par de metros marcando una “u” sobre el pavimento. El jinete soltó una risotada que se escuchó por toda la calle en penumbras. La noche se cubrió con los rugidos de la motocicleta que apagaban los pasos frenéticos y asustados de la presa.

El motociclista avanzó muy lento, sin desmontar, con los estertores del motor como fondo musical. Desde la esquina miró la calle desierta, llena de sombras. Era imposible que hubiera corrido otra calle más y tan rápido. No había salido.

Avanzó algunos metros y apagó el motor. En una jardinera cercana, el perseguido se había dejado caer para reponer fuerzas y esconderse del cazador. Cuando la calle se quedó en silencio él mismo trató de dejar de respirar.

De la chamarra de cuero, el motociclista tomó su teléfono celular, sin quitar la vista del frente; acostumbrado desde niño a vagar por las calles de noche, había aprendido a no tener miedo hasta el último segundo. Estaba en su elemento. Sólo desvió los ojos para comprobar el contacto registrado en la pantalla.

En toda la calle sólo se escuchó, muy tenue, la melodía en piano de una canción de Linkin Park.

Rugió el motor al tiempo que el muchacho salía de su escondite dando un grito de frustración por haber olvidado apagar el teléfono.

Quince cuadras habían hecho sus estragos. El motociclista le dio alcance sin problema al final de la calle; después de agitar una cadena sobre la cabeza, lanzó ésta hacia las piernas de su presa. Un golpe en las corvas fue la sentencia del muchacho de la playera color mostaza.

La motocicleta se detuvo cerca de donde él había caído.

—¿Te dolió? —el motociclista sonreía en la oscuridad.

—Ojalá tu gengar tuviera esa puntería —dijo el muchacho apretando los dientes de dolor.

—No se vale arder, pinche Dorado —le respondió entre risas el otro. De nuevo tomó el celular y marcó un número—. Ya cayó. Estamos en Vallarta esquina con… no sé, ¿Ibáñez?

—Ni idea —jadeó con rencor desde el suelo.

—Cha… coopera tantito. Vallarta e Ibáñez. Cámara —y cerró el celular—. ¿Pu’s qué fregados hiciste, Dorado?

El motociclista lo agarró de la playera y lo arrastró hasta la banqueta para que éste pudiera sentarse. Sus jadeos eran lo único que se oía en la noche.

—Están yendo muy lejos, Rojo —dijo después de tragar saliva.

—Que zacatón eres —Rojo prendió un cigarro entre risas.

—No es por miedo, es por sentido común —dijo al fin incorporándose—. ¿No ves que ya perdieron el piso? Es nada más un juego.

—Era, Doradito. Era un juego —escupió—. Además tú también querías, ¿qué no?

El muchacho no dejaba de sobarse la pierna.

—¿Me das un cigarro?

Rojo le extendió la cajetilla. El otro aprovechó la cercanía para soltarle un puñetazo y tratar de correr, pero Rojo estaba curtido para esas peleas. Recibió el golpe sin sorpresa y lo contestó con una patada. El muchacho sintió todo el peso de la bota con estoperoles en el pecho.

­—No te quieras pasar de cabrón, pinche Dorado —dijo Rojo entre risas, revisando si no tenía sangre en el labio—. Di que no te echaron al Fuegos, pero por poquito, ¿eh? Ya dime, ¿qué hiciste?

Aunque el otro hubiera querido contestar, no habría tenido tiempo. La cara de Rojo se iluminó por los faros del coche que se acercaba. El Spirit negro encabezaba un convoy al que también pertenecían dos motonetas y una Voyager verde oscuro. Los vehículos callaron, estacionados en un círculo alrededor de Rojo y el muchacho que se dolía en el suelo. Todos los faros extinguieron su luz.

La puerta del Spirit se abrió, del interior salió la amable melodía de la trompeta de Louis Armstrong interpretando La vie en rose, preludio a la base de acero inoxidable de un bastón. El muchacho sintió un rencor inmenso hacia ese bastón y esa música, una elegancia innecesaria y estúpida, una pose fundada en un poder invisible e imaginario.

En la oscuridad de la noche, parecía que el traje que vestía el conductor del Spirit era negro, pero en fugaces asomos de luz éste brillaba en un azul demasiado profundo, total. Pantalón, camisa, corbata, chaleco, saco y sombrero todo en azul oscuro. La cara bien afeitada excepto por el bigote, en un corte tan antiguo que lo hacía parecer mucho mayor, aunque debía rayar apenas los treinta años.

—Ahí’stá —dijo Rojo después de hacer una reverencia con la cabeza, a modo de saludo—. ¿Qué hizo?

El hombre del traje le sonrió con simpatía.

—La curiosidad no es siempre una cualidad apreciable, Rojo.

Por respuesta, Rojo le sonrió alargándole la cajetilla de cigarros. El hombre de traje tomó uno y Rojo se lo encendió, entre servicial y amistoso. Tranquilidad en contraste con el muchacho que en el suelo empezaba a jadear con miedo. La trompeta de Armstrong acompañó a la orquesta en la última nota de la canción, antes de que uno de los conductores de motoneta se acercara al Spirit y apagara el radio.

—Mentiría si no dijera que me decepcionas, Oro —dijo finalmente el hombre del traje.

—Pensé que nos podíamos salir cuando quisiéramos —respondió el muchacho en el suelo.

—Pero no así —dijo el hombre—. No de ese modo. Tu… pequeño exabrupto, por llamarlo de algún modo, por poco y echa a perder los últimos seis meses de trabajo.

Oro estaba visiblemente decepcionado.

—¿Qué? ¿Pensaste que ésa era nuestra única consola? —el hombre era aún más irónico y provocativo que Rojo—. ¿Por quién me tomas? Hombre precavido vale por dos. Que no se te olvide que las bombas PEM también fueron idea mía. Y en cuanto a la base de datos, no es nada que no se pueda recuperar. Todo está en la red.

—No me chingues, Oro —Rojo amarró la cadena alrededor de su brazo—. Estás cabrón.

—Como sea. Dime cuánto es y yo pago los daños, pero ya no quiero estar involucrado —dijo Oro.

—Estás demasiado involucrado para claudicar, amigo —una seña de su mano y se escuchó otra puerta abrirse. A Oro le bastó ver la tela satinada del muchacho que bajaba de la camioneta para atar todos los cabos.

—¿Qué vas a hacer?

—Lo que cualquiera en mi posición haría —dijo el del traje—. Aplicar un correctivo. Dame tu cartucho.

—Azul, por favor…

—Rojo, si eres tan amable.

—Órale, pinche Dorado, coopera.

Oro defendió con todas sus fuerzas el pequeño cartucho que llevaba en el cinturón, protegido por una carcaza de doble poliuretano. Otra patada de Rojo en el estómago le hizo desistir.

—Qué tristeza —dijo Azul contemplando el cartucho dorado bajo la luz de la farola—, ésta es una de las partidas más valiosas de toda la liga.

—No, Azul, déjame… —a Oro empezó a faltarle el aire.

—Siempre has sido y serás uno de mis mejores amigos, Oro; además de un valioso elemento para la liga. Pero debes entender, no puedo arriesgarme a que otro incidente como el de esta tarde se repita.

—Estás exagerando —rogó Oro desde el suelo.

—Ah, ¿verdad que ya no es un juego? —dijo Rojo recargado en su Harley.

—¿Qué vamos a hacer, Azul? —dijo con voz pastosa el otro que había llegado desde la camioneta. Se arremangó el saco satinado color crema y dejó los brazos desnudos, sólo con una pulsera de perlas en la mano izquierda.

Azul se peinó el bigote con la mano y jugueteó con el bastón.

—Esta partida ya está corrupta —una sonrisa entre simpática y resignada se dibujo en la cara de Azul.

—¿Borrar? —dijo el de saco crema.

—Azul, no es necesario…

—No te preocupes, Oro. No es lo que pensaba. No exactamente —y se volvió a una de las motonetas—. Quiero que Negro y Blanco vean esto.

Rojo prendió otro cigarro. Oro se aferró a los últimos pensamientos de esperanza que le cruzaban la cabeza; Azul no hablaba en serio, todo era una lección para él y para los demás. No se llega a líder sin un escarmiento de vez en cuando. Sólo quería ponerlo como ejemplo. Por un momento creyó incluso que no pasaría a mayores, pero la pequeña caja de herramientas en la mano del hombre del saco cremoso le hacía dudar.

Al círculo se unieron otras tres siluetas, pero más pequeñas. El más bajito de los nuevos era casi un niño, y si no lo era, la sudadera y gorra amarillas eran una parodia grotesca de síndrome de Peter Pan. Atrás de él llegaban otros dos un poco más altos, exactamente el mismo tipo de playera, exactamente el mismo pantalón de mezclilla y los mismo zapatos deportivos, las mismas muñequeras. Eran muy parecidos, pero definitivamente no tenían relación consanguínea. Hasta la cabeza rapada los hubiera hecho parecer gemelos que sólo se diferenciaban en que uno vestía completamente de negro y el otro de blanco.

—Les puede ir muy bien mientras sepan a quién respetar —dijo el niño de sudadera Amarilla—. Si Azul da una orden, la cumplen; si Azul dice que callen, se callan; si Azul dice que se sienten, se sientan. Azul podría ordenarles que salten en un pie y ustedes lo tienen que hacer.

—Azul dijo que le cuidaras el coche —interrumpió Rojo—. Ándale, grillo, date el rondín.

—Gracias, Amarillo —Azul zanjó lo que podía volverse una discusión entre Rojo y el niño. Éste, con la cara a medio berrinche, regresó cerca del Spirit negro. Azul se volvió hacia Oro—. La lealtad es una de las cosas más importantes en una organización como la nuestra, muchachos. Implica respeto y confianza; es la ordalía en que basamos todo cuanto hemos logrado.

—Azul, ya pedí perdón.

—Y el perdón te estoy dando, Oro. Pero no puedes esperar que tus actos queden sin consecuencias.

 Del interior del saco, Azul sacó un paquete diminuto, no más grande que un pulgar. Un plástico blanco similar a los envoltorios de pastillas de menta. Rojo soltó otra de sus risotadas.

—Ya te chingaste, pinche Dorado.

Oro fue incapaz de recuperar el aliento.

—“Lo que Dios ha hecho” —dijo Azul, mostrándole la pastilla a Oro—. ¿Sabes quién lo dijo? Fue uno de los primeros mensajes que Samuel Morse envió con el telégrafo. Un invento de comunicación revolucionario, pionero de cualquier conexión a distancia que te puedas imaginar. Eso es el progreso, Oro; es ser visionario. Otro mundo sería éste si a Morse no se le hubiera ocurrido pasar mensajes a través de cables, inventando un emisor, un transporte y un receptor, ¡hasta un lenguaje! “Lo que Dios ha hecho”. ¿Te das cuenta? Es como si fuéramos antenas, depósitos, si tú quieres. Ideas en potencia a la espera de una ráfaga de inspiración. Y entonces una oportunidad, una como voz divina nos susurra al oído “hazlo”. Todo en aras de avanzar, amigo.

—El Proyecto Líderes no es progreso. Es tu delirio de grandeza.

—Efectivamente, fue un desvarío. Por eso algunos datos que eliminaste no pensamos recuperarlos. No los necesitamos para el Proyecto P.

Oro sintió un hueco en el estómago y miró de refilón a todos a su alrededor. Azul le dio la pastilla al del saco cremoso al mismo tiempo que otra silueta más se unía al círculo. Miraron con calma su camisa color sangre y su chaleco negro, con la misma calma que él los veía.

—¿Le gustaría agregar algo, maestro? —preguntó Azul cortés pero con la amenaza floreciendo en los ojos.

—No, señor —repuso despreocupado el otro—. Simplemente quiero ver. ¿Puedes darme uno de esos, Rojo?

El motociclista le extendió la cajetilla; su interlocutor hizo un gesto con la cabeza para que Azul continuara y éste llevó la mano a otra bolsa del saco. La tensión fue general, todos los ahí reunidos (incluso algunos desde sus vehículos) fijaron la mirada en la esfera que Azul sostenía frente a Oro: un orbe no más grande que su puño, de cristal opaco y ambarino que reflejaba con débiles destellos el alumbrado de la calle. Azul la sostenía con delicadeza y orgullo.

—Ya sabes lo que es, ¿no?

—¿F-funciona? —preguntó Oro entre esperanzado y temeroso. La misma duda podía sentirse en todos los demás.

—Casi. Estamos a un paso de que sea completamente funcional. Y no voy a dejar que tu cobardía lo derribe todo. Ábrelo, Perla.

El del saco color crema tomó un pequeño desarmador de su caja de herramientas y sin mucho problema abrió el cartucho dorado. Todo el cuerpo de Oro se volvió un manojo de temblores y sudor frío. Y justo como los animales bajo amenaza, en el punto en que se vio perdido, toda la rabia y el rencor de horas antes le regresó al pecho.

—Se me pueden olvidar muchas cosas, Azul, pero no puedes cambiar la forma de ser de nadie.

—Puedo intentarlo —Azul era una contradicción de calma frente a Oro—. ¿No te imaginas lo que hay en el sobre?

Una vez que tuvo el cartucho abierto, Rojo lo sostuvo frente a Perla mientras éste abría el sobre de la pastilla. Entre sus manos brilló con debilidad una batería de reloj nueva.

—Es sorprendente “lo que Dios ha hecho”, ¿no? —Azul guardó la esfera en su saco.

—Deja de creerte Dios —espetó Oro en lo último de su desesperación.

—Dios no —repuso Azul—. Arceus.

Luego miró a Perla y caminó hasta su coche, donde ya lo esperaba Amarillo. La vie en rose volvió a sonar entre la tensión de todos; Negro y Blanco miraban atónitos a Perla, que movía el desarmador dentro del cartucho dorado. Rojo y el otro siguieron fumando inexpresivos, mirando a Oro cuya cara era el vivo retrato de la desesperanza, ya sin fuerzas para correr ni pelear. En el cartucho se escuchó un ligero “crack” y éste expulsó otra batería de reloj, más vieja, al mismo tiempo que el cuerpo de Oro caía al suelo.


martes, 31 de enero de 2012

PROYECTO P - En busca de Los Elegidos

Saludos, pokémoneros.

Agradezco a todos su interés y participación en el denominado Proyecto P, y antes de presentarles a los participantes, es necesario tomar en cuenta un par de cláusulas.

Primero: A los entrenadores registrados se les pidió mandar una fotografía para hacer su registro de seguimiento. Como yo jamás les he mentido, oh, queridos pokémoneros, no será ésta la primera vez: pensaba hacer unas credenciales para cada concursante, pero hay treinta y un participantes, esos son ciento ochenta y seis pokémones. Así que, ustedes disculparan, pero sería un gasto de tiempo inmenso el hacer las credenciales ahorita, cuando puedo ocuparlo en enviarles un saludo a todos (hola).

Segundo: Su envío no será en vano. Lo prometo.

Tercero:  Uno de los registrados sugirió que deberían poder decir algo sobre sí mismos para instar a los lectores a que voten por ellos. Estoy de acuerdo: en los comentarios a esta entrada cada participante se presentará por su nombre de entrenador y dirá por qué merece el voto del lector de pokémoneando. Si quiere, si no, no sufran, no es de a huevo.

Cuarto: ¿Quiénes pueden votar? Cualquiera que entre a esta página. Ojo: la votación está limitada a un sólo voto por visitante. Aquí a la derecha están los treinta y un monitos. Elijan con cuidado.

Quinto: Pueden jalar votantes pegando el enlace de esta entrada entre sus conocidos y amigos (yo preferiría entrenadores pokémon, pero lo dejaré abierto). Si un participante usa una de esas páginas "hincha votos" ('pega aquí tu link y nosotros votamos por ti') quedará automáticamente descalificado. Jueguen limpio. Si hacen trampa, lo sabremos. En serio.

Sexto: Las votaciones estarán abiertas desde la publicación de este post hasta las 23:59 hrs. del viernes 3 de febrero.

Séptimo: Las votaciones representan sólo el 60% de lo necesario para se personajes de la novela Proyecto P, el otro 40% parte de otros factores loables en un jugador (gusto por el juego, afinidad, actitud, estilo, interés mostrado en el proyecto, etc.)
No dejen de lucirse.

Octavo: Todos los registrados, sin excepción, aparecerán de uno u otro modo en la novela. Los Elegidos, sin embargo, son los que tendrán la participación importante.

Noveno: Se les informó a los participantes que tienen la opción de apostar sus votos contra los votos de alguien más en un duelo pokémon. Muchos han dicho, inteligentemente, que no todos tienen DS. ¿Dónde se verán para el combate y con quién? Depende de ustedes, entrenadores.
Justamente, ese tipo de interacción es una de las tantas fases del Proyecto P.

Décimo: El Proyecto P no será sólo una novela. Esperen noticias.


Ya que estos puntos quedan aclarados, les presento a los participantes, con todo y equipos del Proyecto P.

-Conde


Nombre
(Entrenador y real)
Versión
favorita
Equipo
Frase
Java
(Javier Gracia)
Crystal
Excadrill
Stoutland
Garchomp
Hippowdon
Tyranitar
Stunfisk

“Ceguera, heridas, opresión y mucha arena. It’s sand time!”
Mario
(Mario Villanueva)
White
Terrakion
Gliscor
Gengar
Charizard
Garchomp
Volcarona

“Pokémon is so cool!”
Red
(José González)
FireRed
Milotic
Glaceon
Ninetales
Charizard
Moltres
Mew

“The World needs a new hero.”
Legolas
(Víctor García)
Platino
Lapras
Ludicolo
Flygon
Staraptor
Meganium
Latias

“¡Vamos, muchachos, no hay imposibles!”
Azam
(Azam Rosendo)
HeartGold
Empoleon
Charizard
Tyranitar
Aggron
Sceptile
Pikachu

“Mis Pokémon y yo estamos listos para la batalla.”
Billy Blue
(Diego Álvarez)
Sapphire
Blastoise
Vileplume
Dragonair
Altaria
Swampert
Lapras

“¿Has sentido el poder AZUL?”
Crystah
(Crystalus Icyclia)
Gold
Staryu
Lotad
Chinchou
Azumarril
Wailord
Piplup

“¿Listo para sentir un diluvio?”
Anefracor
(Ángel Córdova)
Crystal
Primplup
Breelom
Nidoran
Gallade
Pidgeotto
Magmotar
“¡Sólo un verdadero entrenador puede vencerme!”





Xava
(Xavier Castro)
HeartGold
Emboar
Empoleon
Togekiss
Electrivire
Umbreon
Mewtwo

“¡Es hora de demostrar lo que sabes!”
R
(Roberto Pech)
Gold
Archeops
Reuniclus
Jellicent
Scrafty
Excavalier
Emboar

“¡En guardia y a la carga!”
Joe Green
(Joel Medina)
Gold
Misdreavus
Emolga
Roserade
Lapras
Primeape
Darmanitan

“Entre ser y no ser… NOSOTROS SOMOS.”
Nahim
(Nahim Ríos)
HeartGold
Ampharos
Metagross
Victreebel
Gengar
Fearow
Milotic

“Lo major apenas está por comenzar.”
Chimalltlin
(Andrés Vázquez)
Emerald
Blaziken
Bronzong
Butterfree
Dusknoir
Espeon
Serperior

“¡Con valor, con coraje! ¡In Chimali, in maquahuit!”
Pandita
(Iván Rodríguez)
Sapphire
Blaziken
Snorlax
Vaporeon
Charizard
Meganium
Luxray

“Los Pokémon solo son fuertes si su entrenador lo es.”
Joze Mh
(José Miranda)
Perla
Hydreigon
Musharna
Dusknoir
Lopunny
Glaceon
Samurott

“¿Listo para una pesadilla?”
La Pany
(Eloisa Plata)
Perla
Psyduck
Miltank
Umbreon
Leafeon
Arcanine
Altaria

“Te sorpendería la fuerza que tienen aquellos que no la aparentan. ¡Vamos, equipo Lila!”
Blakdra
(Guillermo González)
Blue
Charizard
Lucario
Espeon
Umbreon
Snorlax
Salamence

“Al final… todo está permitido.”
Beto
(Roberto Barroso)
Black
Empoleon
Leavanny
Dusknoir
Staraptor
Milotic
Toxicroac

“¡Hora de pelear!”
Xiucoatl
(Miguel Flores)
Sapphire
Ninetales
Swampert
Blaziken
Raichu
Alakazam
Rayquaza

“Muéstrame lo que has aprendido en tu camino hasta aquí.”
Omar
Silver
Charizard
Nidoking
Metagross
Glaceon
Gligar
Magnezone

“¡Llévalo al máximo!”
Madison
(Vanessa Rodríguez)
Black
Politoed
Swampert
Tentacruel
Kingdra
Ludicolo
Sharpedo

“Te enseñaré el glamour de los pokémon agua.”
Zaul
(Saúl Romo)
Emerald
Floatzel
Infernape
Roserade
Luxray
Gallade
Crobat

“¡A darle!”
Allen
(Aaron Villa)
Emerald
Blaziken
Lucario
Aggron
Salamence
Ampharos
Gardevoir

“¡Wiii!”
Leon
(Daniel Garza)
Platinum
Infernape
Roserade
Staraptor
Luxray
Gallade
Milotic

“…”
Raúl
(Raúl Rojas)
Emerald
Salamence
Hydreigon
Lucario
Blaziken
Vaporeon
Garchomp

"La valentía, entre varias cosas, consiste en enfrentarse a lo que sea, sin temor alguno, para lograr tu objetivo... ¿Tendrás esa valentía para enfrentarme? ¡Demuéstralo!"
LWSH
(Héctor Sánchez)
Crystal
Umbreon
Flygon
Ampharos
Suicune
Skarmory
Typhlosion

“Siempre intentaré ser el mejor.”
Sokar
(Carlos Fory)
White
Scizor
Noctowl
Luxray
Gliscor
Emboar
Kangaskhan

“El sudor de mi frente augura una batalla increíble. ¿Listo? A ver qué tienes.”
Alex
(Alejandro Rodríguez)
Emerald
Charizard
Dragonair
Rhydon
Raichu
Typhlosion
Umbreon

“Muy pocos tenemos lo necesario para llegar a la cima.”
MECA
(Antonio Campos)
FireRed
Blastoise
Swampert
Gallade
Blaziken
Ninjask
Fearow

“¡Cámara! Estamos perdiendo valiosos segundos de duelo.”
Legna
(Ángel Rivera)
Black
Alakazam
Zoroark
Infernape
Electivire
Scizor
Golduck

“Lo que la mente del hombre puede concebir y creer, la mente del hombre lo puede alcanzar.”
Petunco
(Pedro Saldaña)
Black
Garchomp
Electivire
Ninjask
Parasect
Tyranitar
Serperior

“Amaré las luces porque me muestran el camino y soportaré tu oscuridad porque me muestra a mí como una estrella.”
Mike
(Miguel Velasco)
Black
Torterra
Swampert
Weaville
Lucario
Togekiss
Zoroark
“No me decepciones.”


Tienen menos de 72 hrs. Buena suerte, entrenadores.

-Azul