De la pluma de Mario Conde, y a mucha honra

¿Qué fregados es esto?

'Pokémonear': verb. 1) acción y efecto de hacer algo relacionado con o relativo a Pokémon; 2) acción y efecto de cumplir una adicción a "Pokémon" como si de un psicotrópico se tratase; 3) perder el tiempo en actividades relacionadas a Pokémon.
Artículos de interés para el entrenador Pokémon novato y veterano. Chistes, reseñas, historia pokémon, datos curiosos, lo que se me ocurra.
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lunes, 12 de marzo de 2012

Proyecto P - Capítulo V



Capítulo V
El Proyecto Líderes



Lo único que animaba a Lego era que el Rubio le cuidaba las espaldas cuando salían del “Gar”. El ruido se hizo sordo tras la puerta de aluminio y la luz se hizo de nuevo soportable. Frente a ellos, Rojo avanzaba con las manos embolsadas en la chamarra de cuero, sin voltear, de vez en vez una estela de humo le salía de la boca y nada más.


Salieron a las mesas, un saludo al barman, la puerta cerca de la barra sin letrero. Un cuarto mediocre sin ventanas a modo de oficina, iluminado pobremente con varias lámparas de lava dispuestas en diversas repisas. A Lego le dio la impresión de sentir calor aunque no era, en absoluto, un lugar cálido.


—Siéntate, con confianza —le dijo Rojo señalando las sillas frente al escritorio. Lego buscó la mirada de el Rubio y éste le hizo una seña con la cabeza de que se sentase mientras él permanecía de pie, recargado en la puerta.


Rojo tomó otro cigarro (sin filtro) y lo encendió antes de que el primero se apagara, acto seguido lanzó la cajetilla hacia el Rubio.


—Entonces te llamas Legolas —Rojo subió los pies al escritorio—. ¿Jugaste en primera generación?


—Desde rojo y azul, sí.


—¿Todavía tienes tus juegos?


—No, ya… no. Los vendí.


—Ya. ¿Quieres tomar algo?


—No, gracias.


—¿Otra chela?


—No, estoy bien.


—¿Tú, Rubio? —éste hizo un gesto de indiferencia—. Dile al Mankey que me mande una Indio, ¿no? Y ahí tú pides lo que quieras.


Rojo y el Rubio se sostuvieron la mirada apenas un segundo. Lego miró a su amigo por el rabillo del ojo y lo vio afirmar con la cabeza antes de salir.


—Supongo que también juegas tercera, ¿no?


—Las tengo pero, hace un rato que no las juego.


—Pero has jugado con el Rubio, ¿no?


Por más astuto que fuera Rojo, Lego intuyó la sospecha. Sin el Rubio como su abogado, lo mejor era revelar poca información para evitar cualquier error.


—¿Hay algún problema?


—No, Elfo, no te angusties —Rojo escupió una hojita de tabaco—. Namás quería platicar, tú traes una dorada, ya no se ven muchas entre los que juegan. Además, la supiste usar.


—Pero el de la guitarra fue más bueno —la condescendencia podía ayudarlo a crear buenas migas, pensó Lego. Pero Rojo lo miró a los ojos por un segundo, luego bajó los pies de la mesa y se inclinó hacia él.


—Te apendejaste.


Lego bajó la vista, no sabía si era una burla, un reclamo o una aclaración. Ninguna de las tres le agradaba. Guardó silencio.


—Hace un ratotote que no jugabas, ¿verdad?


—Le he metido más a la White.


—¡Con razón! —Rojo se carcajeó—. No, si esas chingaderas vician, cabrón, te acostumbras y cuando regresas a lo básico… obvio te iban a chingar.


El Rubio regresó con una cerveza y un whisky en las rocas, Rojo no cambió en nada su actitud y tomó la botella.


—Gracias, Rubio. Le estoy diciendo que se apendejó, ¿a poco no?


—Tuvo mala suerte —dijo el Rubio.


—Nel. Por mala suerte le echas los perros a la hermana de tu amigo, lo tuyo fue estado bruto —y siguió riéndose. Rubio y Lego se quedaron muy serios.


—En la White tengo un mejor equipo —y Lego notó en su propia voz un tono de disculpa que le molestó—. Si quieres, el otro sábado te enseño que no estoy tan buey.


—Nah, nah, te creo, güey. ‘Toy jugando, chingá. Y de hecho, si te hubiera visto jugar quinta generación, la neta me valdrías madres.


De un trago vació media botella.


—¿Por qué?


—Ya casi nadie juega en segunda —dijo el Rubio.


—No quieren o no pueden, más bien. ¿A poco no sentiste que volvías a ser morrito cuando entraste al Gengar? Con los sesentaycuatro, los Transfer Pak, las retas. Buenos tiempos, la neta. Digo que te apendejaste porque dejaste al Plata con dos pokémon. Estuviste a uno de sacarle el legendario. Y el Plata estaba contento, ¿sí o no, Rubio? —el Rubio asintió—, hace un chingo no llegaba un buen jugador de segunda. Eres una especie rara, cabrón.


—Gracias —dijo Lego con dudas—. Ehm, oye Rubio, se está haciendo tarde…


—No, no, no, no, no, pérate, güey. Unos minutitos, ¿sí? Es pa’ proponerte un bisne que yo creo que te interesa. No pongas esa cara, hijo, no es nada turbio, vas a ver. Namás cinco minutos y ya vemos, ¿sí? Te conviene. Más a ti que a mí.


Por más inofensivo que fuera el contexto de un bar de videojuegos, los escenarios de estar encerrado en el cuarto de un bar, con el dueño y un amigo suyo, con varios seguidores afuera y que nadie más supiera que estaba ahí lograron intimidar a Lego. Como periodista, sabía utilizar las palabras y las circunstancias para escapar con los puños limpios y la cara intacta. La primera regla era escuchar.


Así que asintió en silencio, se reclinó en su silla y asintió. Rojo apagó su cigarro y pidió la cajetilla al Rubio. Después que ésta voló de unas manos a otra, el dueño jugueteó con ella sobre el escritorio.


—Podría apostarte mil varos a que nunca has oído del Proyecto Líderes. Y otros mil a que antes de esta noche, la Liga del Centro no te sonaba ni a fonda.


—Pues los ganarías —dijo Lego, tratando de mostrar más calma de la que sentía.


El Rojo encendió otro cigarro, recargó los brazos sobre la mesa.


—Tú y yo empezamos a jugar casi al mismo tiempo, de seguro. Yo también juego desde primera y no la he dejado. No había entonces organizaciones como ahora, te acordarás. Sin internet, sin celulares, cualquier intento de organizarse hubiera sido un desmadre. Pero como quiera, cuando este siglo había empezado, un güey tuvo una idea. Este morro decía que podíamos vivir en un mundo muy parecido al del juego, donde a cada rato hubiera retas y los entrenadores te salieran hasta de abajo de las piedras. Ahora, ponle tú, si querías retar a un güey que vivía del otro lado de la ciudad… a los doce años… estaba cabrón, ¿no? Pero algunos lo hacían. Así, de boca a boca, tú sabías que en tal lado había uno que jugaba muy chingón y todos querían partirle su madre. Pero, ¿pa’ qué chingados querías cruzar la ciudad por una pinche batalla, si casi nadie iba a saber? Por eso, este morrito empezó el Proyecto Líderes.


—Azul —dijo el Rubio tomando asiento finalmente—. A este chavo le decimos Azul.


—Le pusieron Azul desde entonces, porque con esa versión se rifaba como los grandes. El caso es que el Proyecto Líderes era para hacer una especie de gimnasios por toda la ciudad. Azul le empezó a decir “la Región Central”. Juntó a los chavitos que éramos los más buenos e hicimos un torneo. Quedamos, entonces, ocho líderes de gimnasio, sin liga pokémon. Azul era el octavo líder porque nos partió la madre a todos.


Tantos años y Legolas jamás se había enterado de este supuesto proyecto. Aunque sonaba disparatado, en el fondo, su corazón de niño se lamentaba de no haber podido formar parte, le hubiera encantado ser un líder de gimnasio como jugaba a serlo en la primaria.


—Te estoy hablando del año dos mil, más o menos. Ya había salido la segunda generación, pero nadie la jugaba bien. Cuando empezaron a llegar los entrenadores de metal, Azul tuvo que reorganizar la liga para darles lugar. Era eso o echárselos encima, pero el cabrón siempre ha sido muy listo. Otro torneo y otros ocho líderes, pero ahora sí con liga pokémon. Todavía me acuerdo, la última pelea no se hizo, y era entre Azul y otro cabrón. Azul se retiró sin empezar, dijo que seguía queriendo el octavo gimnasio y el otro que se quedara de campeón de la liga. ¿Entiendes por qué?


—No.


—Azul nos decía que lo chingón era tener gimnasios y un mundo organizado, no ser invencibles. Ganar es poca madre, pero lo mejor es tener un nombre sin importar que ganes o pierdas —se terminó la cerveza de un trago—. El pedo es que muy pocos retaban a los gimnasios. Estábamos muy chavos. Y todo empezó a valer madres con la tercera generación. Como quieras, primera y segunda llegaban a ser compatibles de algún modo, pero la tercera… Azul quiso reorganizar pero ya pocos le hacían caso. Empezaron a salir grupos por todos lados, cada grupo con su “liga” y con sus “líderes”. Pero ya sólo representaban grupos en internet, o banditas en cierta colonia, en cierta escuela. La idea de Azul, de que fuera en la ciudad,  de la “Región Central”, valió queso. A chingar a su madre.


Rojo apagó el cigarro en el fondo del cenicero y Rubio alargó la mano para tomar uno.


—¿Y ahí lo dejaron? ¿No siguieron? —Lego estaba intrigado.


—Imagínate, si la tercera generación se cogió al proyecto, la cuarta se la removió —Rojo se carcajeo tosiendo—. Ahora se conectaban por internet, ¿ya quién chingados iba querer salir de su casa para una reta? ‘Ora no sabes ni contra quién juegas, no le ves los ojos, no le sientes los nervios, no le sonríes. Pa’ mí es como jugar contra otro pinche monito en el juego.


—Hubo otros grupos que se supieron adaptar —dijo el Rubio con la voz ronca—. Más que ligas, hicieron grupos. Información, intercambios, eventos especiales, encuentros. Convivencia, pues.


—Sí, pero eso no es lo que quería Azul. Estos son grupos en función de un juego. Azul quería un mundo en función del juego.


—Pero eso está… complicado —intervino Lego.


—Pu’s sí. Eso frustró el Proyecto Líderes. Azul estuvo así de mandar todo a la chingada.


—¿Y entonces?


—Renovarse o morir, cabrón. Replanteó el mentado Proyecto Líderes. En lugar de pelearse con las otras generaciones, fue a buscarlas. La Liga del Centro es un grupo que este güey hizo para seguir (como quien dice) con el legado del proyecto. En lugar de ocho líderes de gimnasio, puso un líder por versión, y cada generación es una liga.


—Entenderás que las ligas más activas son las de cuarta y quinta generación, por obvios motivos —dijo el Rubio apurando las últimas gotas de whisky.


—Por eso es chingón encontrar a alguien de segunda.


Rojo sonrió. Una carga en la espalda de Lego desapareció y fue suplantada por otra más grande que, en parte, era emoción.


—Osea… Plata es un líder de gimnasio.


—No les decimos gimnasios. Es un líder y ya. Pero sí, es uno.


—¿Y hay otros de las versiones Oro y Cristal?


—Y uno de ellos tres es el campeón de la liga de segunda generación —terminó el Rubio.


Rojo fumó complacido, de nuevo con las botas en el escritorio.


—Osea… que los puedo retar.


—Osea que quiero que les ganes, cabrón —enfatizó Rojo—. El pedo con el Proyecto Líderes es que Azul no le hizo la difusión que otros grupos sí supieron hacer. Si tú te chingas a los líderes de segunda generación te llevas varo, medalla y reconocimiento. Vas y le dices a otros acerca de ellos y el boca a boca regresa.


—¿Y por qué ustedes no se hacen publicidad?


—¿Quién nos va a tomar en serio? —Rojo sonreía como si la respuesta fuera obvia—. Van a creer que somos una liga más, otro grupito en internet.


—Bueno, entonces ¿qué hay de especial con ustedes?


—¿Has visto que otros grupos tengan su centro de juegos clandestinos? —escupió—. Cámara, si quieres que haya gimnasios, ponle tú que El Gengar es uno de ellos.


—¿Y por qué me dices a mí?


—Porque eres nuevo. Porque juegas segunda y la juegas bien. Yo digo, si te interesa, si no, a la verga con mi plan y sin pedos tú y yo. Pero eso sí, cabrón, nosotros sabemos recompensar a los buenos entrenadores.


El cigarro se hundió bajo los dedos callosos de Rojo. El Rubio giraba el vaso old fashion entre los dedos y miró indiferente a Lego, a quien la idea no le desagradaba del todo. Finalmente, no tenía nada que perder.


—Lo voy a pensar —dijo—. Pero yo creo que sí.


—¡Eso, chinga! —Rojo manoteó la mesa y, cigarro en mano, tomó de uno de sus cajones una hoja de papel—. Son direcciones. Aquí están marcados los tres líderes de la segunda generación. Rétalos en el orden que quieras, eso sí, deja que Plata se enfríe un poco. Si los vences, te decimos quién es el campeón.


—¿Y cuando venza a uno qué hago?


—Nosotros vamos a saber. Créeme —y encendió el cigarro—. Pu’s ‘ora sí ya puedes irte. Y acá te esperamos, el barman ya no te la va a armar de a pedo, le dices tu nombre y ya.


El Rubio abrió la puerta cuando Lego se levantó y un silbido de Rojo los congeló a los dos.


—Pérate, pérate… le debes quinientos al Plata —Lego tomó su cartera y con dolor sustrajo un billete de doscientos y tres de cien, y los dejó caer sobre la mesa tratando de que su molestia no se notara. Rojo agarró los billetes estrujándolos y se dirigió al Rubio—. ¿Tú tienes algo que hacer ahorita?


El Rubio lo miró en silencio y luego se volvió a Lego.


—Tú puedes regresarte solo, ¿no?


—Sí… de aquí al metrobús… y ya…


—Pues nos seguimos hablando. Y suerte —terminó señalando la hoja con las direcciones de los líderes, después cerró la puerta tras Lego.


Para su sopresa, en la puerta del centro, Chimalltlin lo esperaba sentado a una mesa. Frente a él, una soda con jarabe sudaba en frío por el hielo. En cuanto lo vio, le tendió un billete.


—No son tus cinco varos, pero te conseguí doscientos.


—¿A mí? ¿Cómo?


—Aposté en tu contra —Chimalltlin sonrió con simpatía—. Luego me los pasas, o los apostamos en una reta cuando gustes. ¿Te dijeron lo de los líderes?


—¿A ti también?


—Hace como tres semanas.


—¿Y les hiciste caso?


—Está perrón, ¿no? Es como si estuvieras dentro del juego.


Fugazmente, Lego tuvo un retroceso al sueño que esa mañana lo había levantado. Un entrenador de verdad.


—El pedo es ese canijo de tu amigo —Chimalltlin apuntó con la soda a la oficina de Rojo—. Ya le gané a los otros, pero él nomás no se deja.


—¿El Rubio?


—Sí. Hijo de la fregada. Si pierdes contra uno, tienes que ganarle a todos otra vez. Pero el otro sábado, ya sé cómo darle la vuelta. Tú vas a jugar en segunda generación, ¿no?


—Ehm… sí… aunque…


—A huevo. La segunda es chingona. Tiene la simpatía de los clásicos. Toma.


De todos los gestos que esa noche le generaron desconfianza a Lego, aquel donde un muchacho le extendía un billete sin pedirle nada a cambio fue el que menos le inquieto. Le agradaba, pese a sí mismo, la cordialidad del entrenador.


—Ahí si quieres que alguien te acompañe a retarlos, te anoto mi celular —y le dio un papel—. Me laten las peleas de segunda generación. Y más con estos cabrones.


Y con la soda en la mano, se encaminó al pasillo, de vuelta al Gar.


—Yo ya  me voy —dijo Lego.


—Suerte, entonces.


—¡Oye! —con toda la información, un detalle se había escapado de la mente de Lego—. ¿Cómo supiste que tenía un Mewtwo en mi cartucho?


Chimalltlin le sonrió y le extendió la mano.


—Ni yo lo sé. Digamos que eso se siente. ¡Nos vemos! —y se entró de nuevo al bar, dejando a Lego con sus pensamientos y sus dudas sobre el Proyecto Líderes, dudas que lo acompañaron a la avenida, al metrobús, a la puerta de su casa, su cena y su cama.


Y fue de esos momentos en que uno siente que sus sueños y su día no son simplemente una coincidencia.





—Te la mamas, pinche Rubio.


—¿Por qué?


—No te hagas pendejo —la sonrisa tenía el mismo matiz sardónico que la noche anterior con Oro—. A este cabrón ni lo conoces.


—No sabía que tenían que ser amigos de años.


—Pero tampoco al primer güey que te encuentres en la calle con un Game Boy.


—Lo conozco del periódico.


—Ni has peleado con él, Rubio. ¿Cómo mediste que valía para el proyecto?


—Tú tampoco peleaste con él, y aún así le ofreciste ser retador.


—De no ser por el pinche Plata ni lo habríamos visto —se levantó y fumó con los ojos muy fijos en los del Rubio—. ¿Qué te traes, cabroncito?


—Si no da el ancho, ya, ni modo, traigo otro.


—¿Quieres ser tú el que pruebe la Pokésfera, verdad?


—¿Y por qué no?


Tan tranquilo como siempre, le tendió la mano a Rojo y éste le cedió la cajetilla.


—Porque Azul dice que no. ¿Tienes algún pedo con él?


—Ninguno que tenga que ver con el Proyecto, lo sabes.


—Entonces tú ya no te preocupes de nada. Ya no busques entrenadores. Con los que están podemos.


—¿Y si ninguno da el ancho?


Rojo volvió a sentarse.


—¿Tú también tienes pedos con el Proyecto P?


—Ninguno. Sólo que es nuestro proyecto. No tenemos por qué meter a otros.


—A huevo que sí —y Rojo apagó el cigarro estrujándolo en su mano—. Donde uno nos salga más cabrón que bonito, el Proyecto P va a ser un tiro por la culata.


—Por eso hay que probarlo entre nosotros.


—Si tanto culo te da, te puedes ir calmando. Ya lo están probando.


—¿Quién?


—Azul. Después de lo que pasó con Oro, le metió huevos al aparato. Dice que a partir de hoy, la primer Pokésfera va a funcionar.











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Interesados en el Proyecto Líderes: Un inicial. Un legendario. No Máx. Stat. *7843737 368727* 3456